Entre las ruedas y la noche: la pesadilla de una conductora de app

Esta crónica cuenta la historia de Martha, una conductora de Uber que se vio obligada a trabajar en la noche para conseguir el sustento de su familia. Esa decisión la llevó a vivir una pesadilla que por suerte la dejó seguir con vida para contar el cuento.

Por: Karen Lizeth Veloza Jimenez  

La noche estaba en su máximo esplendor, Martha solo miraba la silueta de un hombre que se encontraba justo frente a ella, sus pulsaciones iban en aumento. Se escuchaba un golpeteo, era la bota del desconocido contra el suelo, pum, pum, pum. Los motores de los autos ronroneaban en la lejanía, unos pitaban, otros solo alumbraban sus cuerpos, mientras que Martha solo quería hacer su trabajo como todos los días.  

Martha es una mujer emprendedora, sonriente y valiente; comenzó vendiendo maquillaje en una tienda ubicada en el Centro Comercial Unicentro en Bogotá, sin embargo, al llegar la pandemia, no supo cómo mantener a flote su negocio y quebró. Como muchos colombianos ella quedó triste, angustiada y sin esperanzas. 

Tenía deudas, su trabajo vendiendo tintos, dulces y cigarros, parecía no ser suficiente. Martha no tenía hijos, ni mucho menos pensaba a sus 35 años en casarse, en algún punto de su vida lo intentó y terminó siendo un desastre, justo como estaba su vida en ese momento. 

Hablaba día y noche con su amigo de toda la vida, Pablo o Pablito como ella le decía, era un hombre alto, de contextura gruesa y una sonrisa que ilumina hasta el sol. Él trabaja en Uber, una plataforma que proporciona a sus clientes a nivel internacional vehículos de transporte con conductor. Confiesa que en sus tres años de experiencia le ha ido bastante bien.  

“¿Por qué no lo intentas? Yo estaré un tiempo fuera de la ciudad. Sería bueno que me remplazaras, lo que hagas en ese tiempo sería tuyo”, le dijo Pablo. 

Martha no sabía si aceptar, eran tiempos de lluvia y manejar con un piso resbaloso le atemorizaba, pero necesitaba con urgencia el dinero y sin más dijo sí, así iniciaba otra etapa laboral en su vida, sin pensar que podría pasar.  

En teoría, Martha pertenecía a los 50.000 conductores socios de Uber o así sería por las dos semanas que estaría conduciendo y recorriendo las calles de Bogotá, metida en los miles de trancones que se hacen en la capital.  

Sus manos temblaban y sus ojos permanecían en un punto fijo. Sus uñas largas chocaron con el metal de las llaves y sin más encendió el auto, el rugir del motor se escuchó por toda la calle. Después del ataque de nervios que le dio al iniciar su primer día, estaba manejando por la Avenida Ciudad de Cali, con un pasajero a bordo hasta Ciudad Roma, en la localidad de Kennedy, al suroccidente de la ciudad.  

Era su rutina de las mañanas, ya había pasado una semana: salir, prender el carro, que sonara la notificación de que tenía un pasajero, ir rumbo a su destino y así sucesivamente, como un ciclo que no acaba. 

Sin embargo, recolectó miles de anécdotas que no podían faltar. No era mucho de hablar, sabía que si ella fuera el pasajero lo último que quería era que alguien le preguntara de su vida, o le hiciera la charla, prefería escuchar el sonido de los carros o ver las personas caminar. 

Martha arriesgó su vida para conseguir el sustento de su familia.

Cuando un pasajero se subía, sentía esa vibra de estrés. La melancolía o la felicidad florecía con una que otra conversación. Pudo entender un poco las veces, que siendo ella pasajera, el conductor le preguntaba cosas. Algunos lo llamaran ser chismoso, pero a quién no le da curiosidad saber qué hay detrás de esa máscara neutral o el inconfundible ceño fruncido.  

Continuando con el recorrido, al dejar a su pasajera se dirigió a su casa, por el resto de la mañana no trabajaría más, tenía un severo dolor de cabeza y no quería tener un accidente. Pensó que lo mejor era reponer las horas en la noche, su amigo le había advertido que tuviera cuidado, que lo mejor era no hacerlo a esas horas si era mujer, podría pasarle algo y eso le asustaba, pero ya que no tuvo mucho trabajo como los otros días, decidió tomar el timón nuevamente cuando empezaba a oscurecer. 

“La bendición y pa’ lante, con mi Dios de mi lado nada podía pasar” solo que la cuenta regresiva comenzaba para un suceso que lo recordaría toda su vida y sería una lección.  

Su estómago se retorcía, su corazón palpitaba muy rápido, era como si su cuerpo presintiera algo. Eran las 9:30 de la noche, transitaba por Ciudad Verde, un lugar interesante y desconocido. La verdad ella nunca pasaba por ahí, pero trabajo es trabajo y si tenía que ir al otro lado de la ciudad lo haría.  

El frío estaba en su máximo esplendor, Martha estaba vestida ese día con un jean, camisa de manga larga, una chaqueta que parecía de hombre y unos guantes, todo para protegerse del frío de la ciudad de Bogotá.  

Sus oídos captaron el sonido de una notificación, un pasajero estaba esperando por ella, el recorrido para recogerlo se veía cercano. Giró el volante hacia la derecha como le indicaba Waze, una aplicación que da indicaciones sobre rutas del tránsito vehicular. A veces daba muchas vueltas para llegar, pero esta no fue la ocasión. 

La calle era oscura, parecía el cuento de Caperucita. Tenía que pensar que camino elegir, al otro lado había una calle más iluminaba que se suponía la llevaba al mismo lugar. 

No quería perderse y antes de que su pasajero se cansara de esperar, decidió ir por la calle que le mostraba Waze. Al final de la calle estaba un hombre, vestía todo de negro y por la oscuridad no lograba ver su rostro. Estaba de espaldas por lo que no la vio, así que puso las luces intermitentes después apago y encendió las luces del auto.  

Al girarse se fijó que era un hombre bastante alto e intimidante, ella no se consideraba pequeña, sin embargo, ese sujeto sobrepasaba lo que para ella era alto. Mientras se iba acercando al auto, ella sentía como si una música de suspenso retumbara en su cabeza. La verdad no se sentía cómoda, pero la situación económica estaba presente, tenía que superar su situación y conseguir el dinero necesario para vivir.  

Buenas noches- dijo el hombre con una voz gruesa y rasposa,  

Buenas noches, Señor Carlos- le contestó Martha, en seguida le pregunto la ruta deseada. 

Así el Waze le sugiriera la ruta, era bueno preguntarle al usuario. El hombre la miró con los ojos más negros y oscuros que había visto y le dijo: “No se preocupe, al estar llegando le indicaré”. 

En realidad, no era muy lejos del lugar de donde estaban, se le hizo extraño que no fuera caminando, pero al mirar la hora faltaban 20 para las 11 pm, entonces se intentó relajar. De vez en cuando él mantenía una mirada siniestra sobre ella; en un momento Martha le advirtió que no la mirara así o terminaría el recorrido. Estaba tan nerviosa y distraída que saltó cuando el hombre le puso la mano en la pierna y le dijo: “Señorita, aquí a la derecha es mi destino”. 

Al parar, el hombre le pagó, pero sin saber cómo ni porqué, dejó de escuchar el motor del carro. Ella extrañada vio que no se encontraba la llave en su lugar, en cambio sus ojos vieron como el hombre las tenía en la mano, amablemente le pregunto qué hacía, pero sus facciones y acciones cambiaron por completo. Ella estaba petrificada, sin embargo, al verlo acercarse, abrió la puerta de un empujón y salto del asiento a la fría calle. 

No había nadie, eso fue lo que sus ojos observaron. No sabía ni como había llegado, su mente parecía una locomotora, solo quería salir de ahí. Martha solo miraba la silueta de un hombre que se acercaba poco a poco, sus pulsaciones iban en aumento. Se escuchaba un golpeteo, era la bota del desconocido contra el suelo, pum, pum, pum.  

Los autos se escuchaban en la lejanía, unos pitaban, otros solo alumbraban sus cuerpos, por lo menos sabía que si corría lograría llegar a ese lugar donde al parecer había personas.  

El hombre saltó encima de ella y le tapó la boca, sentía algo filoso en su cuello que la dejó quieta sin mover un pelo. “Quietica, quietica te ves más bonita”, es lo que recuerda que le dijo. Martha sentía que en cualquier momento le daría un paro, rogó, oro y deseó nunca haber aceptado ese servicio, se arrepentía de no seguir el consejo de su amigo y no trabajar de noche.  

Solo sentía las manos del hombre recorrer su cuerpo por dentro del abrigo. El rostro del “Señor Carlos” era iluminado de vez en cuanto por las luces de aquel auto que era su medio de trabajo, pero también el que desencadenó su infierno. Sin darse cuenta relaja sus manos, sus guantes minutos antes se había ido, por lo que no lo pensó ni siquiera un segundo y lanzo esas filosas uñas azules hacia su cara, sus ojos eran el objetivo. Era su única arma y había que utilizarla. 

El grito que soltó el asaltante fue descomunal, logró soltarse y alcanzar las llaves junto a las botas de aquel hombre, subió al auto y arrancó haciendo que las llantas rechinaran. Martha no recuerda aún a dónde llegó y quién le ayudó, solo está en su mente que sus uñas azules pasaron hacer de un color carmesí por la sangre y el tintineo de la notificación llegando a su celular, anunciando un nuevo viaje, un nuevo pasajero y un recorrido que sin duda nunca olvidará.  

Ser mujer en Uber no debería representar un peligro, ella solo quería trabajar, ser una conductora de Uber que buscaba ganar algo más que el mínimo. Los que conocen el negocio dicen que se puede lograr ingresos cercanos a los tres millones de pesos, pero en esta ocasión a Martha, la búsqueda del sustento de su familia, casi le cuesta la vida. Esa opción ya está fuera de su mente. 


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