“¿Qué pasa cuando la diversidad no vota igual?”

Por: Adrián Paz

En plena coyuntura electoral de 2026, una frase del presidente Gustavo Petro volvió a encender el debate político y social en Colombia. En un mensaje publicado en la red social X, el mandatario habló de “plumas y lentejuelas que esconden a los vampiros”, una expresión que muchos interpretaron como una referencia despectiva hacia Juan Daniel Oviedo, economista y exdirector del DANE, quien hoy aparece como fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia para las elecciones presidenciales.

La polémica no tardó en estallar. Oviedo es uno de los pocos políticos abiertamente gays que ha alcanzado visibilidad nacional en Colombia. Por eso, el uso de una metáfora asociada a estereotipos históricamente utilizados para burlarse de los hombres homosexuales fue interpretado por distintos sectores como un comentario homofóbico.

Tweet del presidente Gustavo Petro | X

El episodio tiene una dimensión política evidente. Pero también abre una discusión más profunda: la coherencia del discurso progresista cuando se trata de derechos de las minorías.

Durante años, Petro se posicionó como uno de los líderes de izquierda más importantes del país, construyendo su narrativa política alrededor de la justicia social, los derechos humanos y la defensa de poblaciones históricamente discriminadas. Sin embargo, el enfrentamiento con Oviedo deja al descubierto una contradicción incómoda: cuando una minoría política no coincide con la izquierda, deja de ser una causa y se convierte en un adversario.

Respuesta por parte de Juan Daniel Oviedo al Tweet de Gustavo Petro| X

La ironía es evidente. Para un sector del progresismo colombiano, la fórmula política que incomoda hoy está compuesta por dos identidades que históricamente han sido presentadas como minorías vulnerables: una mujer y un hombre gay. Dos identidades que el discurso progresista suele defender… hasta que aparecen del otro lado del espectro ideológico.

Pero el problema no se limita a un trino polémico.

Durante los últimos años, distintos colectivos han cuestionado la falta de avances concretos en políticas públicas dirigidas a la población LGBTIQ+. Por ejemplo, el proyecto para prohibir las llamadas terapias de conversión, prácticas que buscan cambiar la orientación sexual o identidad de género de una persona, sigue sin convertirse en ley en Colombia.

Además, organizaciones de derechos humanos han señalado que la violencia contra personas LGBTIQ+ continúa siendo alarmante. Según informes regionales, Colombia registró 175 asesinatos de personas LGBTIQ+ en 2024, la cifra más alta entre los países analizados en Hispanoamérica.

Foto: El tiempo

Dentro de esa violencia, las mujeres trans siguen siendo uno de los grupos más vulnerables. Datos de la Defensoría del Pueblo indican que al menos 25 mujeres trans fueron asesinadas en Colombia entre enero y septiembre de 2025, una cifra que incluso supera los casos registrados en el mismo periodo del año anterior.

Frente a este panorama, la discusión sobre derechos LGBTIQ+ en Colombia no puede reducirse a disputas en redes sociales o a frases polémicas en medio de la campaña electoral. El problema es estructural: la violencia persiste, la impunidad sigue siendo alta y las políticas públicas avanzan lentamente.

Foto: En Bogotá se puede ser

Por eso, la controversia alrededor del comentario de Petro no solo habla de una pelea política con Oviedo. Habla también de una contradicción más profunda en la política latinoamericana: el uso instrumental de las causas sociales.

Durante las campañas, los derechos de las mujeres, de las personas negras o de la comunidad LGBTIQ+ suelen aparecer en discursos y promesas. Pero una vez en el poder, esas causas muchas veces se convierten en capital simbólico más que en políticas públicas concretas.

Los derechos humanos no deberían depender de la ideología política de quien los representa. Tampoco deberían convertirse en una etiqueta que se activa o se desactiva según la conveniencia electoral.

Si el progresismo quiere seguir reclamando la bandera de los derechos de las minorías, necesita algo más que discursos. Necesita coherencia.

Porque de lo contrario, lo que queda al final no es progresismo.

Es simplemente política.