Santa Bárbara de Iscuandé: Una tragedia que expone los riesgos de la minería sin garantías de seguridad

El derrumbe de una mina de oro en Nariño dejó 14 personas muertas y siete heridas. La emergencia vuelve a poner sobre la mesa la seguridad de los trabajadores mineros, la informalidad y la necesidad de fortalecer las medidas de prevención.

Paula Daniela Yama Betancourt

La búsqueda de oro terminó convertida en una tragedia en el Pacífico nariñense. El lunes 19 de octubre de 2026, un derrumbe en una mina de oro ubicada en la vereda Chambergo, en la zona rural de Santa Bárbara de Iscuandé, Nariño, dejó 14 personas muertas y otras siete heridas. La emergencia ocurrió mientras varias personas realizaban labores de extracción del mineral y quedaron atrapadas bajo la tierra. 

De acuerdo con los reportes de las autoridades, cerca de 30 personas se encontraban en el lugar cuando se produjo el colapso. Las labores de búsqueda y rescate estuvieron condicionadas por las dificultades de acceso a la zona, caracterizada por su ubicación remota y las limitaciones de transporte. Según los primeros informes periodísticos, la explotación minera no contaba con los permisos correspondientes. 

La magnitud de la tragedia no solo evidencia las consecuencias de un derrumbe, sino que también plantea interrogantes sobre las condiciones en las que trabajan quienes dependen de la extracción artesanal de oro. ¿Qué medidas de seguridad existían en la mina? ¿Se habían identificado riesgos de deslizamiento? ¿Qué mecanismos de supervisión pueden evitar que una emergencia de esta magnitud vuelva a ocurrir? 

Trabajar entre la necesidad y el riesgo 

En distintas regiones de Colombia, la minería representa una fuente de ingresos para comunidades que enfrentan dificultades económicas y cuentan con pocas alternativas laborales. Sin embargo, cuando esta actividad se desarrolla sin las autorizaciones, la supervisión y las condiciones técnicas necesarias, los trabajadores pueden quedar expuestos a peligros que comprometen su integridad y su vida. 

El derrumbe de Santa Bárbara de Iscuandé vuelve a poner en evidencia esta problemática. La extracción de oro en terrenos inestables puede convertirse en una actividad de alto riesgo cuando no existen estudios adecuados del suelo, controles sobre las excavaciones y protocolos para responder ante posibles emergencias. 

Aunque las investigaciones deben establecer las causas concretas del accidente, la ausencia de permisos en una explotación minera constituye una señal de alerta sobre la necesidad de verificar las condiciones en las que se desarrolla el trabajo. 

Además, las características geográficas del territorio dificultan la respuesta ante este tipo de situaciones. Las limitaciones de acceso pueden retrasar la llegada de los equipos de rescate y el traslado de las personas heridas a centros médicos con capacidad para atender lesiones graves. 

La seguridad minera no puede depender solo de la reacción de los organismos de socorro después de un accidente; la prevención debe comenzar antes de que los trabajadores entren a su área de trabajo. 

Una tragedia que exige respuestas 

La emergencia de Santa Bárbara de Iscuandé se suma a otros accidentes mineros registrados recientemente en Nariño. Según la agencia Associated Press, dos derrumbes ocurridos en el departamento en menos de tres meses dejaron un total de 27 personas fallecidas. Esta situación refuerza la necesidad de investigar las condiciones de seguridad de las explotaciones mineras y fortalecer las acciones de prevención. 

La tragedia también obliga a examinar las condiciones sociales y económicas que llevan a algunas comunidades a depender de actividades laborales peligrosas. Las respuestas institucionales deben contemplar tanto el control de las explotaciones que incumplen las normas como la búsqueda de alternativas económicas y procesos de formalización que permitan desarrollar la actividad minera bajo condiciones seguras. 

Por ahora, las circunstancias específicas que provocaron el derrumbe deben establecerse mediante las investigaciones correspondientes. No obstante, las consecuencias del accidente muestran la importancia de garantizar que ninguna actividad económica se desarrolle ignorando la protección de la vida humana. 

En Santa Bárbara de Iscuandé, el derrumbe dejó familias de luto y una comunidad afectada por la pérdida de sus trabajadores. Más allá de las cifras, la emergencia plantea una pregunta que las autoridades, los responsables de las explotaciones y la sociedad deben atender: ¿qué acciones concretas se necesitan para que la búsqueda de sustento no siga exponiendo a los trabajadores a tragedias que pueden prevenirse?