El dulce trabajo de don Germán: La historia de un vendedor en Lourdes

Tiene arrugas marcadas y expresión serena, de esas que parecen acostumbradas a madrugar. Su cuerpo se mueve con calma, mientras sus manos trabajan con cuidado y precisión.

Por: Karol Daniela Contreras.

Son las nueve de la mañana y el parque Lourdes comienza su operación, de la hilera de carpas blancas que rodea la plaza, solo una está abierta, “la dulcería típica”. La mañana todavía tiene ese frío bogotano que se siente en la piel y se cuela entre la ropa, mientras la luz del día empieza a iluminar las fachadas y los caminos de la plazoleta. Poco a poco, el lugar despierta: se oyen pasos, conversaciones sueltas, el ruido del tráfico de las calles cercanas y el revoloteo de las palomas que se mueven de un lado a otro.

Es un espacio amplio, abierto al público, donde las personas pueden atravesar la plaza sin prisa o usarla como camino para llegar a sus destinos. Las carpas blancas forman una hilera alrededor del lugar y contrastan con el tono gris de la mañana. Hay zonas por las que circula la gente con rapidez y otras en las que algunos se detienen unos instantes a mirar los puestos. La plazoleta tiene el movimiento propio de un punto de encuentro del sector: por momentos parece tranquila, pero basta observar un poco para notar el ir y venir constante de quienes pasan por allí. Es un espacio con variedad de dulces y detalles que sirven como recordatorio de su paso por esta plaza emblemática. Alrededor hay una gran cantidad de palomas; ellas sí que son las primeras en habitar la plazoleta de Lourdes. Caminan por el suelo, se acercan a los rincones donde creen encontrar comida y levantan el vuelo cuando alguien pasa demasiado cerca.

Don Germán, así lo llamé, es un señor de avanzada edad que abre su puesto muy puntual a las 7:00 a. m. Su rostro refleja el paso de los años: tiene arrugas marcadas y una expresión serena, de esas que parecen acostumbradas a madrugar y a observar el movimiento de la calle. Su cuerpo se mueve con calma, pero sus manos trabajan con cuidado y precisión mientras acomoda cada producto. Su aspecto transmite sencillez; su ropa es la de alguien que se prepara para pasar buena parte del día al aire libre, expuesto al frío de la mañana y al movimiento de la plaza. Cuando habla, de lejos imagino una voz algo grave y pausada, quizá por la edad, pero firme y amable, una voz que no necesita imponerse para hacerse escuchar. Sus gestos son tranquilos y atentos: mira lo que organiza, corrige la posición de algún dulce y procura que todo quede bien presentado.

Ese tiempo le sirve para organizar las cocadas, los hojaldres y los manís en torres perfectas, llamando así la atención de las personas que diariamente pasan por ahí. Los acomoda con paciencia, como si cada producto tuviera un lugar preciso y el orden de su puesto fuera también una forma de presentar el esfuerzo que hay detrás de su trabajo.

El cartel verde con rosado parece llamar la atención en medio de una mañana fría en Bogotá, entre gente apresurada por llegar a sus trabajos y comenzar su jornada laboral, cargada de estrés, responsabilidades y muchos pendientes que cumplir en el día a día. Mientras unos pasan mirando el reloj o pendientes del teléfono, otros alcanzan a dirigir una mirada a la dulcería; quizá alguno se detiene, atraído por los colores del aviso o por la variedad de productos.

Cada día para él es una esperanza porque sabe que detrás de su sueño de salir adelante hay un arriendo que pagar y una familia a la cual alimentar. Su jornada empieza mucho antes de que la mayoría de las personas se detenga a observar su puesto. En medio del frío, del ruido y del movimiento constante de la plazoleta, Don Germán organiza su pequeño espacio y espera que el día traiga suficientes ventas. Su trabajo puede parecer cotidiano para quienes cruzan la plaza sin detenerse, pero en cada dulce acomodado y en cada mañana que llega puntual se nota la constancia de alguien que sigue esforzándose por sostener a los suyos.

No sé quién es don German, ni mucho menos conozco su historia, pero lo que si es evidente es que estamos frente a alguien que representa el trabajo, que conoce su oficio y que día a día se rebusca su sustento. Por algo, dicen por ahí, una imagen vale más que mil palabras.