La arremetida contra Los Pachenca y el pulso con De la Espriella

Bajo la sombra de la Sierra Nevada, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra —o Los Pachenca— enfrentan su momento más crítico. Entre una ofensiva militar implacable y el traslado de cabecillas a cárceles de máxima seguridad, el gobierno de Abelardo de la Espriella mantiene una cacería frontal para desarticular el clan que por décadas ha controlado el narcotráfico y el terror en el Caribe.

Hace poco, esta organización sonó con fuerza en todos los titulares de los noticieros nacionales tras desatar una ola de terror en el Caribe, sorprendiendo a millones de colombianos que apenas descubrían el nombre de este grupo en sus pantallas y portales de noticias. Sin embargo, para quienes ignoran su verdadero trasfondo histórico, la violencia reciente no es un fenómeno espontáneo ni improvisado, sino el fruto podrido de una estructura criminal que lleva décadas mutando, adaptándose y escondiéndose en las sombras de la montaña.

Para comprender de dónde salen hay que retroceder hasta principios de los años 2000, cuando la supuesta desmovilización del Bloque Resistencia Tayrona de las AUC dejó completamente intactas las tenebrosas redes de narcotráfico y extorsión de Hernán Giraldo.

Sobre los cimientos de ese paramilitarismo reciclado y jamás desarticulado por completo nacieron las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, mejor conocidas en las calles y expedientes judiciales como Los Pachenca, convirtiendo la región en su feudo. Durante años operaron con una mezcla de fachada comunitaria y violencia sistemática, alternando el control de los puertos clandestinos con paros armados que paralizaban por completo ciudades como Santa Marta y sembraban el pánico entre los habitantes.

Esa osadía desmedida y su reciente exposición pública terminaron por marcar su sentencia definitiva, convirtiéndolas en el blanco prioritario de las autoridades y llevándolas al centro de la discusión sobre la seguridad nacional en el país.

Hoy, arrastradas a los primeros planos de la agenda política, enfrentan una implacable ofensiva militar en las estribaciones de la Sierra y el masivo traslado de sus cabecillas a prisiones de máxima seguridad impulsado por la administración de Abelardo de la Espriella.