Lo que las ‘tradwives’ idealizan, ellas lo vivierón

Una mujer de 68 años y las cifras del DANE contrastan con la nostalgia por el hogar tradicional que circula en redes sociales y reflejan la realidad de muchas mujeres colombianas en la actualidad.

Por: Daniela Palacino

Ana tiene 68 años y, casi cinco décadas después de casarse, ya crio a tres hijos adultos y sigue cuidando de su esposo como el primer día. Pero hay algo que no la deja tranquila del todo.

Hace poco se cruzó con un video en TikTok que le pareció bastante curioso: una influencer hablaba del movimiento tradwife (abreviatura de traditional wife, “esposa tradicional”), que propone devolver al esposo el control del hogar y cuestiona derechos que las mujeres conquistaron con el feminismo. Para Ana, fue un golpe.

En Estados Unidos, Erika Kirk es la mujer al mando y quien lideraría el movimiento tradwives, que busca hacer referencia a las esposas tradicionales, quienes desean devolver el “poder” del hogar y la familia al esposo, quien, por motivos religiosos, debería ser la cabeza del hogar.

Este movimiento tendría algunas particularidades que serían el motivo por el cual estaría encabezando los titulares y generando tanta conversación en redes sociales.

El principal y más controversial se relacionaría con el sufragio femenino en Estados Unidos. ¿En qué consiste? En quitarles a las mujeres su derecho al voto; en su lugar, el voto se contaría por familia, y los hombres serían quienes tomarían la decisión de cómo debería ser dirigido el país.

La viralidad de este discurso viene apoyada por mujeres que promueven una vida de lujos, donde relatan el quedarse en casa como un sueño y una realidad divina, llena de “matchas” e idas a pilates. Este discurso es un llamado a la romantización de las labores del hogar, donde se resta importancia a las responsabilidades que implica ser madre, esposa y mujer en la sociedad, y toda la responsabilidad se reduce a una vida irrealista de solo lujos, que difiere mucho de la realidad, incluso más en países en desarrollo como Colombia.

Pero ¿cómo es la vida en casa?

En 1980, Ana se casó con quien creía el amor de su vida, un hombre proveedor y de buena familia. Ella sería ama de casa, algo que siempre había deseado: atender a su esposo y a sus hijos como lo había soñado y como debía ser.

Con los años, ese trabajo fue tratado como menor: pensaban que Ana únicamente ayudaba a sus hijos y limpiaba su casa, y pocos sabían que era ella quien administraba los ingresos de la casa y quien sabía qué hacía falta y qué había que reparar. Si un hijo se enfermaba, lo cuidaba ella. Era la primera en levantarse, planchaba el uniforme de cada miembro de la familia y llevaba la cuenta de reuniones y cumpleaños, incluso los de los primos lejanos de su esposo, que ni él recordaba. Era Ana quien se encargaba de que la casa se mantuviese en pie.

Por eso el video le pareció una falta de respeto. Casi 50 años de un esfuerzo hecho con amor, nunca reconocido y siempre dado por sentado, quedaban reducidos a un discurso de “una muchachita que no sabe nada de la vida”, como ella misma lo describe.

Lo que dicen ellas

En redes sociales, las creadoras de contenido tradwife presentan la vida doméstica como un ideal de plenitud.

Aunque, según Cambio, en Colombia no existe un movimiento tradwife organizado, sí circulan contenidos que exaltan la maternidad y la feminidad tradicional. Un ejemplo es un video de TikTok de la usuaria @valentinameloh18, que invita a un evento para mujeres y promete revelar “el verdadero significado de la feminidad en Dios” (https://www.tiktok.com/@valentinameloh18/video/7620472022971469063).

Por otro lado, Taliana Vargas, ex Señorita Colombia, actriz y actual gestora social de Cali (esposa del alcalde Alejandro Eder), generó un amplio debate en julio de 2026 tras una entrevista con la revista Marie Claire. Al ser consultada sobre los desafíos de desempeñar su rol junto a su esposo, el alcalde Alejandro Eder, sus declaraciones de corte conservador fueron rápidamente asociadas por analistas y usuarios digitales con la tendencia internacional de las tradwives (esposas tradicionales). La opinión pública se dividió entre sectores que criticaron el uso del miedo al comunismo para estigmatizar el progresismo y quienes defendieron su postura como una protección legítima de los valores familiares y patrióticos.

¿Qué nos dicen las cifras?

El trabajo invisible que Ana hizo en silencio tiene hoy otro rostro. Según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida 2025, publicada por el DANE en abril de este año, Colombia tiene 53,3 millones de habitantes repartidos en 18,9 millones de hogares, y el 46,4 % de ellos tiene jefatura femenina. La cifra ha crecido: hace cinco años estaba varios puntos por debajo, y en las ciudades principales es todavía mayor.

Además, de acuerdo con la Encuesta de Calidad de Vida 2024, el 68,8 % de las mujeres jefas de hogar en Colombia no tiene pareja. A diferencia de Ana en 1980, muchas no cuentan con un esposo proveedor: sostienen económicamente a sus familias y, al mismo tiempo, asumen el trabajo doméstico y de cuidado que el discurso tradwife idealiza sin nombrarlo.

Otra experiencia: la de quien sostiene sola el hogar

Para Cecilia, la historia es otra: tuvo que sacar adelante a sus dos hijas ella sola durante muchos años. Doble pensión escolar, alimentación, ropa, juguetes y otras necesidades que, con un solo salario mínimo, resultaban extenuantes.

El dinero no lo era todo. Además, debía pagarle a alguien para que recogiera a las niñas del colegio, y tenía que pensar qué llevarían para almorzar, si habían hecho sus deberes, si estaban bien, si el uniforme estaba limpio, si la casa estaba en orden, que no dañaran los juguetes y que comieran a tiempo. Y aun así, a Cecilia le tocaba hacer el aseo, el mercado y pagar la luz, las facturas y las tarjetas.

Parecía que nunca alcanzaban la plata ni el tiempo: era madre y empleada de tiempo completo.

Como si eso no fuese suficiente, también debía responder ante los demás. A veces los hombres se aprovechaban de su situación y llegaban con insinuaciones indebidas a cambio de un poco de dinero para sostener su hogar. Ella las rechazaba con una rabia incontenible: solo quería ser una buena madre. Pero la vida pesaba más de lo que podía soportar, y a veces sentía que no estaba dando lo que debía para salir adelante.

El contraste que se omite

Difundir en redes sociales un discurso de una vida tradicional y tranquila, donde se idealiza ser ama de casa, es caer en la ignorancia de no entender los contextos que afronta un país como Colombia, donde lo común es ver a una mamá, una abuela, una tía, la señora de la esquina, la vecina y la amiga ser amas de casa, cabezas de hogar y enfrentarse solas al mundo, corriendo con todas las responsabilidades que implica ser madre y señora.

Romantizar el discurso puede resultar en un arma de doble filo, en la que las mujeres empiezan a apuntar a una meta cuya realidad es arriesgada y cuyos riesgos se ignoran, porque la violencia doméstica y económica dentro del hogar existe, y aunque se pinte como un cuento de hadas, la realidad difiere de eso.

Como mujeres, debería ser impensable renunciar a nuestro voto, autonomía y autoridad.

Para Allison Wolf, coordinadora de la Maestría en Género y profesora asociada del Departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes, la discusión sobre las tradwives está mal planteada si se limita a preguntar si estas mujeres eligen libremente. Según explicó a Cambio, sí eligen, pero lo hacen entre las opciones que la sociedad les ofrece. Por eso, plantea, la pregunta de fondo es qué pasa en el mercado laboral, en los salarios y en las estructuras sociales para que dejar un empleo remunerado resulte, para algunas mujeres, más atractivo que conservarlo.

Esta tendencia deja ver lo fácil que es controlar una narrativa y presentar como sencillo el esfuerzo de muchas mujeres. Pero al indagar y escuchar historias como las de Ana y Cecilia, se entiende que la realidad es otra: el discurso se queda corto y pasa por alto todo lo que una mujer debe vivir y soportar para ser ama de casa. Es fácil dejarnos llevar por lo que vemos en redes sociales, pero no olvidemos que existimos fuera de esa burbuja digital, donde la realidad puede contarnos historias mucho más enriquecedoras para nuestro desarrollo y entendimiento.

Ana lo sabe después de casi cinco décadas; Cecilia, después de años sola. Ninguna de las dos aparece en esos videos.